Jueves, 20 de junio de 2013

    HAMBRE POR LA PALABRA

 

  Texto base: Amós 8:11,12

 

Introducción:

Hace unos años se celebró  un campamento de Otoño de Exploradores del Rey, en una localidad de Ávila, Piedralaves. El lugar era un albergue cuyos alrededores estaban llenos de castaños. Durante un tiempo de descanso, antes de comenzar las actividades de la tarde fui a dar un pequeño paseo cerca del albergue, por un camino donde, como decía, había gran cantidad de castaños.

   Conforme iba caminando se oía frecuentemente un pequeño ruido a mi lado, y detrás de mí; era el ruido que producían las castañas cayendo del árbol, ya que este fruto se recoge en esa época del año, Había zonas del camino que estaban casi “alfombradas” por castañas y la mayoría de ellas estaban dañadas; las únicas que no lo estaban eran las que habían caído recientemente; las demás estaban picoteadas por los pájaros, otras se habían podrido, otras tenían el típico agujerito que daba a entender que gusanos o insectos habían entrado en la castaña…

   Y de alguna manera pensé  “Qué lástima”, porque la cantidad de castañas que ya no se podrían comer era muy grande. Sólo unas pocas aún servían para ello, las que todavía podían ser recogidas a tiempo, antes de que quedaran dañadas. Al resto “se les acabó el tiempo”. Y es que, la razón por la que no se habían recogido era que no eran necesarias…Si la gente de los alrededores hubiera tenido hambre, ninguna castaña se habría quedado a merced de pájaros o insectos; alguna incluso no habría tenido ni tiempo de tocar el suelo, porque habría sido cogida antes. El hambre hubiera llevado a la gente a no desaprovechar ese regalo que la naturaleza les brindaba; tan sólo algún grupo de excursionistas o aficionados a la naturaleza se dedicaría a recoger alguna cantidad de ellas, pero sólo por el placer de una actividad al aire libre o llevarse a casa algunas de ellas, como el que sale a buscar setas…

   Estas castañas podían representar muchas más situaciones y casos que lo que realmente muestran, pero la idea es la misma: “Algo bueno que se pierde por no tenerse en cuenta a tiempo…”.

 

Desarrollo:

   Alrededor del año 750 a. C. hubo un profeta llamado Amós, que aunque nació en la aldea de Tecoa, en Judá (reino del Sur), desarrolló su actividad profética en Israel (reino del Norte). Su labor primordial fue denunciar el estilo de vida que se apoderó de Israel en aquella época; bajo el reinado de Jeroboam II se alcanzó un esplendor, riqueza y poderío sólo comparable al que hubo en la época del rey David. Pero ese esplendor provocó que la Sociedad israelita se viniera abajo y se contaminara:

-      Desigualdad entre ricos y pobre.

-      Corrupción de jueces y tribunales de justicia.

-      Sistema religioso corrupto.

-      Opresión, violencia, prevaricación, soborno.

-      Delitos que permanecían impunes.

-      Los pobre y humildes sufrían la opresión de los ricos y poderosos.

Estas eran las características de aquella sociedad.

(Curiosamente, son las mismas de la Sociedad de hoy día, las mismas&hellipGui?o.

 

   Su bienestar le hizo pensar que no necesitaban nada: Am 6:3-7,13.

El v. 13 bien podría resumir y dar a entender que Israel, consciente o inconscientemente, ya no necesitaba al Señor…como se suele decir hoy día, Israel se “autogestionaba”.

 

   El profeta Amós confronta esa actitud con la Palabra que el Señor enviaba, pero la respuesta que obtenía era tajante: Am 7:10-17.  El sacerdote Amasías parece expresar el sentir del pueblo con su respuesta…”Vete a otra parte con tus profecías, no nos interesan”.

 

   Y sucedió igual que con las castañas del principio: caían a tiempo de ser recogidas y consumidas, pero se perdían y dañaban por no hacerlo. Así, la Palabra se derramaba a tiempo de ser oída y escuchada, pero no resultaba beneficiosa para Israel porque no era “recogida”.

 

   Evidentemente, hay una gran diferencia entre la Palabra de Dios y el fruto del castaño, porque la primera “cumple el propósito por el cual es enviada…” (Is 55:11), pero cuando la palabra no es creída o tenida en cuenta, no beneficia a quien no quiere escucharla o la rechaza.  Y esto le pasó al Israel de aquella época.

 

   De manera que Dios cambia de estrategia:   (texto base, Am 8:11,12).

 

   Antes, el Señor envía su Palabra, pero no hay hambre…

   Ahora, el Señor envía hambre pero no hay Palabra…

 

Consecuencias:   Am 8:13,14  Se produce el mismo efecto que el hambre sin alimentos:

                                                  “desmayar, caer y no poder levantarse”

 

El pueblo, ante la situación que se le viene encima, busca desesperadamente quien pueda revelarle la Palabra de Dios, y lo hace porque Dios ha enviado el hambre por esa palabra, pero ahora no se encuentra por ningún sitio…

 

Ya ha pasado el tiempo “de recogida” de la Palabra y hay un silencio por parte del Señor; ahora hay hambre, pero no existe la posibilidad de alimentarse, porque el Alimento, la Palabra de Dios, parece haberse esfumado…

 

   Y es tal la angustia del pueblo, que los efectos que se producen en ellos es comparable al que produce el hambre física: desmayar, caer, no poder levantarse…

 

   Mientras que Israel ha vivido en la abundancia, confiado en sus fuerzas, no creyendo necesitar nada, ni siquiera al Señor, ha dado la espalda a Dios, pero ahora van a pasar por el trato divino irremisiblemente…el tiempo de plazo se terminó, y aunque hay una promesa de restauración (Am 9:11-15), esta vendrá después de que la prueba transforme a Israel.

 

Conclusión:

¿Y qué sucede con nosotros? 

¿Tenemos hambre por su Palabra…?

 

La historia que hemos visto muestra una denuncia a un estilo de vida, pero no es un estilo de vida de gente que no conoce al Señor; la denuncia es contra el Pueblo de Dios.

Y nosotros somos pueblo de Dios…

¿Qué es lo que nos puede quitar el hambre por su palabra?

¿Comer palabras (que no son de Dios) entre horas?

¿Chucherías espirituales?

¿Alimentarnos de nuestras propias fuerzas o nuestros logros?

¿Abundancia en todas las áreas de nuestra vida?

¿Ausencia de problemas?

 

En el momento en que nuestra sensación de “saciedad”  nos lleve a perder el apetito y el hambre de su palabra, estaremos en un aprieto.

 

La única solución es que, como dice Am 8:11, el Señor nos envíe ese hambre, pero sin privarnos de palabra que nos alimenta.

 

Lo bueno es que podemos comer toda cuanto queramos…la palabra de Dios no engorda, hace crecer…Dios nunca te llamará “glotón” porque nunca te pondrá límites para alimentarte de su palabra.

 

                            “HAMBRE POR LA PALABRA Y PALABRA PARA EL HAMBRE”…

                             Dieta excelente…

 

 

                                                    ……………………………………………


Tags: hambre, palabra

Publicado por manuelsanchez @ 20:59  | Predicaciones
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