Lunes, 15 de febrero de 2010



Marcos 1:17 y Juan 21:22

Estos dos pasajes de la biblia tienen algo en común, son dos acontecimientos distintos vividos por un mismo personaje en diferentes escenarios, uno narra las primeras palabras de Jesús a Pedro en el momento de su conversión y el segundo recoge las últimas palabras después de resucitar y antes de partir de Cristo al mismo discípulo. Dos encuentros separados por prácticamente tres años, pero un mismo mensaje, “Sígueme”.

Es curioso, y llama mi atención, que a pesar de lo experimentado y vivido durante un proceso de aprendizaje y discipulado intenso de tres años,  el mensaje sigue siendo el mismo, quizás es porque con demasiada facilidad nos desviamos del camino, perdemos la concentración y nos distraemos.

Nunca viene mal recordar el llamamiento de Dios y tratar de mantener la atención, concentración y la dirección correcta.

Hebreos 2:1-4 (Nueva Versión Internacional)

Advertencia a prestar atención

Por eso es necesario que prestemos más atención a lo que hemos oído, no sea que perdamos el rumbo. Porque si el mensaje anunciado por los ángeles tuvo validez, y toda transgresión y desobediencia recibió su justo castigo, ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? Esta salvación fue anunciada primeramente por el Señor, y los que la oyeron nos la confirmaron. A la vez, Dios ratificó su testimonio acerca de ella con señales, prodigios, diversos milagros y dones distribuidos por el Espíritu Santo según su voluntad.

Introducción

La distracción del conductor está presente en uno de cada tres accidentes de tráfico. Por su parte, el sueño es una de las cinco causas principales de los siniestros con víctimas y el cansancio o la fatiga está detrás, directa o indirectamente, del 40 por 100 de ellos. Además, las estadísticas registran que estos accidentes se han incrementado considerablemente en los últimos años.

En España, una investigación realizada por la Dirección de Programas de Investigación de Accidentes de la DGT, reveló que el 87 por 100 de los conductores declaró alguna conducta que, a su juicio, pudo contribuir a que se produjera el accidente: de cada 100 conductores accidentados, 19 dijo haber desviado la mirada; 18 pensaba en otra cosa; 11 hablaba o discutía con el acompañante y 15 cogía un objeto, manipulaba la radio, el retrovisor o un parasol.

La atención es vital, es más que un mero mecanismo de selección de información. Es un mecanismo de control que organiza y coordina el desarrollo de los procesos que operan sobre la información. Precisamente, la base de muchos de los fallos humanos que preceden al accidente (errores de percepción o reconocimiento, errores en la toma de decisiones y fallos en la ejecución) se encuentra una atención inadecuada. El hecho de que podamos adaptarnos a un entorno complejo como es el tráfico, entendiéndolo y manipulándolo adecuadamente, es posible gracias a nuestras capacidades atencionales, que permiten dirigir nuestros recursos mentales sobre determinados aspectos de nuestro entorno y que a su vez nos permiten desechar o prescindir de otros. Imaginas la cantidad y diversidad de estímulos que el conductor de un vehículo percibe y lo peligroso que esto puede llegar a ser (luces, sonidos, semáforos, el sonido de la radio, etc.), si no escogiera de manera precisa en cada momento las informaciones de interés y despreciara o desechará de su campo perceptivo lo irrelevante. De esta manera, el conductor supera la sobrecarga de información focalizando su atención de manera selectiva.

En nuestra vida es igual, es necesario, como dice el escritor del libro de Hebreos, prestar más atención a aquello de lo que depende nuestra supervivencia (Mateo 7:24-29), y toda nuestra vida (Mateo 4:4), es decir, la Palabra de Dios, nuestra máxima autoridad en cuestiones de moral, ética, fe y vida, para no fallar o errar al blanco, término utilizado para hablar de pecado, y tener un accidente. (Salmo 119:11,105)

El mismo apóstol Pedro nos exhorta a prestar más atención a la palabra profética más segura   (2 Pedro 1:16-21)

Nuestra atención a la Palabra de Dios nos permitirá errar menos en la percepción de las cosas, en la toma de decisiones y en la ejecución de nuestras acciones. La mayoría de nuestros accidentes en la vida empiezan por un mal enfoque o una errónea manera de percibir e interpretar lo que sucede, así como una mala decisión que siempre conlleva consecuencias.

Al igual que el conductor de un vehículo, en nuestra vida cotidiana, son muchos y diversos los estímulos que recibimos, muchos mensajes que nos confunden y restan atención a lo prioritario en cada momento, y hemos de escoger, pues la vida al final consiste en saber escoger o elegir y no equivocarnos en ello, la información de interés y desechar lo irrelevante para evita la sobrecarga de información que puede derivar en cansancio, fatiga y distracción, todo ello, con el consiguiente riesgo que ello supone y que muchas veces ignoramos.

La atención ha de ser selectiva

La atención puede concebirse como una especie de filtro que selecciona sólo algunos estímulos de entre los muchos posibles. Esta función selectiva es lo que marca la diferencia entre ver y mirar, o, en el caso de la audición, la diferencia entre oír y escuchar; los conceptos de ver y oír se utilizan en las situaciones en las que recibimos la información de forma pasiva, mientras que cuando miramos algo o cuando escuchamos algo estamos buscando activamente información, sirviéndonos para ello de nuestra atención.

En el caso que nos ocupa en la Biblia,  podemos ver como Pedro fue reprendido por el Señor por equivocarse a la hora de seleccionar estímulos. (Mateo 16:21-23), su manera de oír el anuncio de la inminente partida de Jesús y la interpretación o percepción que Pedro tiene de ello, hace que pierda de vista que todo lo que iba a suceder estaba escrito, que era necesario que ocurriera y que por tanto responde a un Plan diseñado por Dios. Pedro lo ve desde un punto de vista humano, se aflige y angustia por ello e intenta reconvenir o convencer a Jesús que no permita que tales acontecimiento ocurran, pensando más en el mismo que en lo que Cristo vino a hacer a esta tierra. Jesús entonces le reprende por no poner la mirada o tener en cuenta el Plan de Dios y poner toda su atención en el momento, en cómo se sentía y en que iba a ser de ellos; es decir, de centrar su atención y tener más en cuenta el aspecto humano de la situación.

Yo me pregunto si también detrás del debate de quien  debía ser el mayor entre los discípulos, y la lucha de poder mantenida en el grupo, no encuentra su base en un error de percepción de las palabras de Jesús, cuando una y otra vez anunció su muerte.

También en el momento del anuncio de su negación y del arresto de Jesús en el Getsemaní (Mateo 26:30-35 y 47-56), Pedro pierde de vista lo dicho por Jesús una y otra vez y actúa por impulsos, sin rumbo claro. Se le había olvidado o había dejado de estar atento a lo que experimentó en el momento de la confesión (Mateo 16:13-20) y lo vivido en el monte de la transfiguración (Mateo 17:1-13), a lo que se nos exhorta en su segunda epístola 1:16-21. De ahí la necesidad de que nuestra atención ha de ser sostenida. 

La atención debe ser sostenida

En la conducción es especialmente relevante el nivel de alerta mantenido, o también denominado atención sostenida. Bajo ciertas condiciones, conducir un vehículo puede convertirse en una tarea de vigilancia: el conductor debe intentar permanecer atento a lo largo de todo el trayecto, porque en cualquier momento puede surgir un estímulo relevante al que deba responder para evitar un accidente.

Tanto los elementos distractores externos (un anuncio) como los factores internos (un problema personal), pueden comprometer la acción sostenida del proceso atencional. La poca tolerancia a la rutina, la carencia de estímulos activadores, junto con la aparición en ciertos conductores de procesos de fatiga precoz llevan a constituir en algunos casos, y en relación a ciertas circunstancias, un verdadero peligro tanto en el proceso de toma de decisiones como en los tiempos de reacción.

En nuestra vida es igual existen diferentes distractores externos (circunstancias, las relaciones, opiniones y juicios, comportamientos de terceros, la propia iglesia), pero también existen factores internos, afectivos y motivacionales (egotismo, actitudes, pensamientos, sentimientos; en definitiva, nuestro mundo interior en el que muchas veces solo contamos nosotros mismos), que afectan a nuestro nivel de atención a Cristo, su Palabra y su Misión, que son las bases de nuestra identidad y nuestra razón de ser como creyentes e iglesia. 

Otros factores como la costumbre, la cotidianidad de la vida o la rutina, son factores que nos afectan y relajan nuestro nivel de alerta y atención en la vida, es en este estado en el que se nos cuelan un montón de sentimientos, pensamientos y conflictos sin resolver que nos producen cansancio, fatiga y agotamiento, dejándonos en una clara situación de riesgo que apenas percibimos y por lo tanto valoramos. Es muy importante que nuestro nivel de atención sea mantenido en el tiempo, sin bajar la guardia, ni relajarse para poder responder de manera adecuada en cada momento de la vida o situación que estemos viviendo.

Hemos de evitar que la atención sea dividida

Cuando las condiciones del tráfico demandan la ejecución simultánea de una cantidad de tareas que excede las capacidades cognitivas de procesamiento del conductor, es posible que éste cometa errores o fallos en la ejecución de alguna de esas tareas, algo que también puede ocurrir si las demandas de recursos atencionales no proceden de las condiciones viales sino del propio conductor, de sus cogniciones, pensamientos, preocupaciones, de los acompañantes que viajan en el vehículo y, en definitiva, de cualquier elemento que ocupe o demande una parte de sus recursos cognitivos de procesamiento.

Existe, así, una gama variada de factores que pueden dar lugar a una atención inadecuada o provocar la aparición de distracciones. Unos tienen su origen en el medio ambiente que circunda al conductor (externos) y otros proceden del propio individuo (internos).

En este sentido, podemos leer en Filipenses 3:13-14 (Biblia en Lenguaje Sencillo)

Hermanos, yo sé muy bien que todavía no he alcanzado la meta; pero he decidido no fijarme en lo que ya he recorrido, sino que ahora me concentro en lo que me falta por recorrer. Así que sigo adelante, hacia la meta, para llevarme el premio que Dios nos llama a recibir por medio de Jesucristo.

Llegados a este punto, me pregunto ¿Qué cosas y/o personas ocupan nuestro tiempo, nuestra mente y nuestra vida?

La concentración es vital, si queremos resultados debemos evitar dividir nuestra atención en diferentes cosas.

CONCLUSIÓN

De nuestro nivel de atención depende en buena medida nuestra conducta y comportamiento en la vida, así como nuestra respuesta a las diferentes situaciones que enfrentamos. Nuestra atención es un mecanismo complejo que hemos de saber manejar a nuestro favor ya que nos permite un adecuado procesamiento de la información, priorizando en cada momento lo más importante y desechando lo irrelevante, una ajustada toma de decisiones, que se plasmará en ejecuciones apropiadas en cada momento y nos proporcionará aceptables niveles de seguridad.

Se hace imprescindible una atención adecuada, selectiva, sostenida y no dividida para evitar los errores y accidentes en la vida. Hemos de evitar las distracciones, el cansancio y la fatiga que produce la cotidianidad y vivir centrados en Cristo y su Palabra.

 

 


Tags: Cristianismo, Atención, Dirección, Distracciones, Seguridad, Palabra de Dios

Publicado por carlosmartiroy @ 8:32  | Predicaciones
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