Domingo, 10 de enero de 2010



Apocalipsis 21:1-10 (Biblia en Lenguaje Sencillo)

Un mundo nuevo

Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues ya el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar. Vi también que la ciudad santa, la nueva Jerusalén, bajaba del cielo, donde vive Dios. La ciudad parecía una novia vestida para su boda, lista para encontrarse con su novio.  Y oí que del trono salía una fuerte voz que decía: "Aquí es donde Dios vive con su pueblo. Dios vivirá con ellos, y ellos serán suyos para siempre. En efecto, Dios mismo será su único Dios. Él secará sus lágrimas, y no morirán jamás. Tampoco volverán a llorar, ni a lamentarse, ni sentirán ningún dolor, porque lo que antes existía ha dejado de existir".

Dios dijo desde su trono: "¡Yo hago todo nuevo!" Y también dijo: "Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza".

Después me dijo: “¡Ya todo está hecho! Yo soy el principio y el fin. Al que tenga sed, le daré a beber del agua de la fuente que da vida eterna, a cambio de nada. A los que triunfen sobre las dificultades y sigan confiando en mí, les daré todo eso, y serán mis hijos, y yo seré su Dios. Pero a los cobardes, a los que no confíen en mí, a los que hagan cosas terribles que no me agradan, a los que hayan matado a otros, a los que tengan relaciones sexuales prohibidas, a los que practiquen la brujería, a los que adoren dioses falsos, y a los mentirosos, los lanzaré al lago donde el azufre arde en llamas; y allí se quedarán, separados de Dios para siempre".

Acabamos de estrenar un nuevo año, y cuando hablamos de nuevo, es que hemos dado por terminado el que le ha precedido (2009),  nos referimos al que ha empezado recientemente (2010).  Utilizar el término nuevo, al referirnos al cambio de año puede ser que no signifique dejar de hacer o de vivir lo que hasta este momento hemos hecho o vivido. No hay nada nuevo debajo del sol, decía el sabio Salomón. Posiblemente mantengamos el mismo trabajo, la misma vivienda o residencia, las mismas relaciones, la misma iglesia, la misma familia, los mismos amigos, el mismo vecindario, los mismos políticos y sus mismos discursos, frente a esta realidad, te preguntarás ¿Qué hay de nuevo en todo esto?

La pegunta está llena de sentido, aunque la monotonía y la rutina te recuerden lo absurdo de la misma, y es que hablar de algo nuevo debería ser hablar de cambios, de cosas y experiencias diferentes o distintas de las que antes hemos vivido o  teníamos aprendidas. Hablar de algo nuevo es incorporar algo a lo que existía de antes y no tener la sensación de que estamos cada vez más perdidos, o echados a perder.

La Biblia en los versículos arriba indicados, nos dice que Dios sentado en su trono, hace nuevas todas las cosas. El conflicto sigue siendo el mismo que el de siempre un conflicto de intereses y de poder, yo soy el rey de mi vida y no permito que nadie me diga lo que tengo que hacer, me niego a tener que rendir cuentas a nadie sobre lo que digo, hago o pienso. Pero si queremos que las cosas empiecen a cambiar de verdad hemos de permitir que Dios sea el que ocupe el trono de nuestra vida, de esta manera y desde ese principio de reconocimiento y aceptación de la soberanía de Dios es desde donde todas las cosas son hechas nuevas.

La escritura dice que Dios no cambia, que en él no existe mudanza ni sombra de variación, pero aunque él es el mismo, su obrar y su trato con nosotros siempre es diferente, y eso es lo que  hace que todo sea nuevo.

El paso de los años deja su huella en nosotros y es como si todo perdiera su encanto, como si la ilusión y la pasión por la vida se desvanecieran, aparecen síntomas de desgaste y desilusión o desencanto.

La ilusión por el trabajo, ya no es la que era, las relaciones, la iglesia e incluso  la familia pierde fuelle e interés, si esto es así, necesitamos un cambio, necesitamos ser renovados por Dios, necesitamos que Él haga en nosotros nuevas todas las cosas.

La frescura es una característica del obrar de Dios en nosotros. La idea de lo nuevo está recogida a lo largo de toda la escritura, habla de “un cántico nuevo”, de que “sus misericordias son nuevas cada mañana”, “que Dios quiere darnos un corazón nuevo”, “un espíritu nuevo”, “quiere hacer un pacto nuevo con nosotros por medio de Jesucristo” “que Dios hace y hará cosas nuevas”, “que Él, por medio de Cristo nos hace criaturas nuevas”, “que por medio de él todas las cosas son hechas nuevas”, “que por medio de su Espíritu y su palabra podemos nacer nacimiento, como de una nueva oportunidad se tratara, podemos disfrutar de una nueva vida, de una nueva esperanza en un cielo nuevo y tierra nueva, que podemos cambiar en lo ético y moral viviendo conforme a un nuevo mandamiento que se resume en el término “AMOR”, que podemos ser “un hombre nuevo o una mujer nueva”.

¿No suena bien?, a mi por lo menos me suena muy bien porque creo que como tú, estamos hastiados de lo viejo, de lo rancio, no nos gusta lo que vemos y oímos, estamos hartos de la injusticia social, de la inmoralidad, de la mentira y el engaño, del insulto y la descalificación, de la falta de alternativa, de la violencia en las calles, en los colegios e institutos y hasta en los hogares, de la miseria y pobreza de unos y la opulencia y despilfarro de unos pocos a los que en tiempos de dificultades hay que socorrer para que no se rompa el sistema, de cómo nadie mueve un dedo por salvar el planeta y el medio ambiente en el que vivimos, de la falta de ejemplaridad y compromiso, y así podríamos seguir añadiendo muchas cosas, que creemos nuevas y nos seguimos sorprendiendo cuando lo vemos u oímos, pero que lamentablemente han acompañado a la humanidad casi desde el principio.

Aun así, hay muchas personas que les gusta que todo permanezca igual, sea por intereses espurios e inconfesables, por comodidad y costumbre, por incompetencia o indiferencia,  no les gustan los cambios, es más, les incomoda el hecho de pensar en esta posibilidad.

Huimos de lo que no conocemos, no nos gusta las sorpresas, queremos tener todo bien controlado, aunque esa patología sea la clave del descontrol que vivimos.

Por el contrario, la apertura al cambio, significa estar dispuesto a soltar amarras y no aferrarnos a nada. No cabe duda que este nivel de auto exigencia, siembra un sin fin de incertidumbre en nosotros y nos dispara generando cierta inquietud y desasosiego, por otro lado, sensaciones propias del riesgo que nos cuesta asumir.

Hemos de evitar dejarnos atrapar por la monotonía y el tradicionalismo, ambos son un enemigo muy sutil del progreso de nuestra fe. No obstante, alguien dijo “que existe una gran diferencia entre la tradición y el tradicionalismo; ya que la tradición es la fe viva de los que están muertos y el tradicionalismo, al contrario, es la fe muerta de los que están vivos”.

Tradicionalismo es la actitud que resiste al cambio. Es aferrarse a una costumbre o comportamiento mantenido en el tiempo, de forma ciega y forzosa. Es sospechar de lo nuevo y diferente, simplemente por desconocimiento o ignorancia. Es sustituir la libertad y la renovación por un sistema legalista que pretende de forma obsesionada conservar o mantener lo que somos y/o tenemos.

En los tiempos de Jesús el tradicionalismo era sinónimo de fariseísmo. Los fariseos lo adaptaron y  lo promovieron.

Lucas 5:27-39 Jesús sigue llamando a sus seguidores, agregando al grupo a un cobrador de impuestos, llamado Leví. Un hombre no muy popular debido a su ocupación. Además, Jesús frecuentemente, se reúne con publicanos y pecadores, personas que representan  a aquellos que por su ocupación o moral se colocan a sí mismos fuera de la sociedad de entonces. Las relaciones que Jesús estableció con estas personas le harían entrar en conflicto con los fariseos.

Al relacionarse con personas consideradas pecadoras, Jesús traspasa los límites de la tradición judía, ya que a esta gente no se le debía enseñar los estatutos de Dios, porque sus ocupaciones y estilo de vida les hacían ritualmente impuros.

La respuesta de Jesús, no se hace esperar, “No he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que están enfermos. Ellos me necesitan y están más receptivos y abiertos, vosotros creéis que no me necesitáis  y estáis cerrados.

Jesús en ese momento relata una parábola que recoge Lucas 5:36-39, y que nos enseña que debemos evitar imponer estructuras tradicionales del pasado a los esfuerzos de renovación presentes. Comprendiendo que las estructuras y formas de ayer muy frecuentemente no son aptas para manejar la dinámica actual de renovación.

En este año que comienza no podemos permitir que todo sigua igual, esperando que el tiempo nos desgaste, si no que queremos mejorar, queremos cambiar en nuestra mentalidad, en nuestra actitud frente a la vida, queremos que nuestra sociedad cambie, y que la llama de la ilusión y la pasión por Cristo, por la iglesia y por nuestro prójimo no se apague. (Isaías 42:3, Mateo 12:20) La Biblia dice que él (Jesús), no quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare, claramente en la caña cascada y en el pábilo que humea vemos la huella del paso de los años, pero como afirma el pasaje, en Cristo tenemos la expectativa y la certeza de que él hace nuevas todas las cosas. Jesucristo quiere y puede renovarnos, quiere y puede encender de nuevo en nosotros la llama de la pasión para que todo sea nuevo en nosotros. 

Apocalipsis nos habla de la creación de un nuevo mundo, y eso  no significa  otra cosa que el fracaso del viejo. No te quedes anclado en lo viejo y disfruta del  nuevo mundo en ti y para ti que Dios quiere crear por medio de Jesucristo.


Tags: Nueva vida, cristianismo, renovación, pasión, Cristo

Publicado por carlosmartiroy @ 22:13  | Predicaciones
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