Domingo, 01 de noviembre de 2009






«Todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto»
. (Juan 15:2)

Detrás de cualquier acontecimiento dramático en la vida del hombre y de la mujer siempre hay un mismo interrogante ¿por qué permitió Dios tal acontecimiento en mi vida?, ¿Cómo puede ser que siendo cristiano o un hombre bueno me ocurran estas cosas, mientras que al malo parece irle bien o mejor?

A tales preguntas, se dan dos grandes categorías de respuestas: El fatalismo: está escrito, sólo hay que aceptarlo y someterse, porque es inevitable.

Fatalismo cuya causa es la falta de propósito y significado en la vida lleva a muchos creyentes:

1.- Al absurdo y fatalismo del rey Salomón por juzgar la vida de las personas por su apariencia

Eclesiastés 7:15 (Nueva Versión Internacional). Todo esto he visto durante mi absurda vida: hombres justos a quienes su justicia los destruye, y hombres malvados a quienes su maldad les alarga la vida.

Eclesiastés 8:14 (Nueva Versión Internacional). En la tierra suceden cosas absurdas, pues hay hombres justos a quienes les va como si fueran malvados, y hay malvados a quienes les va como si fueran justos. ¡Y yo digo que también esto es absurdo!

2.- A las comparaciones negativas como experimento el Salmista.

Salmos 73:13-14 (Nueva Versión Internacional). En verdad, ¿de qué me sirve mantener mi corazón limpio y mis manos lavadas en la inocencia, si todo el día me golpean y de mañana me castigan?

Job 21:7 (Nueva Versión Internacional). ¿Por qué siguen con vida los malvados, cada vez más viejos y más ricos?

3.- A la falta de provecho como se pregunta el profeta Malaquías

Malaquías 3:14-15 (Nueva Versión Internacional). Ustedes han dicho: "Servir a Dios no vale la pena. ¿Qué ganamos con cumplir sus mandatos y vestirnos de luto delante del Señor Todopoderoso si nos toca llamar dichosos a los soberbios, y los que hacen lo malo no sólo prosperan sino que incluso desafían a Dios y se salen con la suya?"

Muy diferente la otra respuesta, la cristiana: “¿que quieres enseñarme?” No es una resignación pasiva, sino una aceptación activa de lo que Dios permite en la vida de los suyos, con un fin benéfico, como es el producir más fruto para su gloria.

La disciplina es un elemento de la obra de Dios, que como buen Padre emprende para cada uno de sus hijos, con un propósito de gracia «Jehová cumplirá su propósito en mí» (Salmo 138:8). «El tiene un pensamiento… acabará lo que tiene determinado para mí (Job 23:14 J.N.D.). Como lo dice el apóstol: «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6). Y como nos confirma el autor de Hebreos 13:21 «haciendo en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo».

Romanos 8:28 nos dice que «todas las cosas» no sólo las fáciles y las agradables, «les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados».

Volviendo al texto que nos ocupa en la meditación de hoy, Juan 15:1-2 nos ilustra la figura paterna como la del labrador que “limpia” el sarmiento sustentador del fruto, «para que lleve más fruto».

Cuándo hablamos de fruto, no nos estamos refiriendo al servicio, o a los resultados de una actividad para el Señor, sino del fruto moral que es producido por la vida de Dios en nosotros, bajo el efecto del Espíritu Santo y su Palabra. Hablamos por tanto de carácter y de semejanza a Cristo. Es el fruto del que nos habla Filipenses 1:11: «llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios».

Hebreos 12:5-11 ante todo, presenta el tema que nos ocupa. Es importante leer en extenso este texto. «Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni desmayes cuando eres reprendido por él; Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, (no para su autosatisfacción, sino para nuestro provecho) para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.»

¿Que es la disciplina?

La palabra disciplina viene del griego paideia, derivado de apacienta (al hijo), que se encuentra al principio de las palabras españolas como pedagogo, pediatra, por ejemplo.

Podemos discernir tres sentidos o significados que  la Biblia confiere a este término:

1.-Criar, educar, instruir - Es así que en los Hechos 22:3, nos narra el apóstol Pablo fue «criado, educado» a los pies de Gamaliel

En Tito 2:12, encontramos a la gracia que nos «enseña». Su efecto no es una enseñanza intelectual, sino una formación totalmente práctica en la vida: «renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente». ¡Qué educación!

En Efesios 6:4, encontramos la misma palabra, en donde los padres son exhortados a «criar» a sus hijos (¡no dejarles crecer!) en la «disciplina» y bajo las advertencias del Señor. Es el alcance habitual de la palabra disciplina, que implica no solamente educación, sino que también corrección.

2.- Corregir: - Es el sentido que el libro de Proverbios coloca muchas veces delante de nosotros (3:11-12; 29:15; 20:30, etc.): no sólo la instrucción, la reprimenda, sino que también la corrección, la «vara». Tal corrección implica dolor, pena, «tristeza» (Hebreos 12:11).

El Padre debe "limpiar" el pámpano, porque hay cosas que quitar. El amor del Padre y no su ira* es el principio inspirador de tal disciplina. Hebreos 12 lo subraya: el Señor al que ama, disciplina; el Padre forma a sus hijos no para que sean sus hijos, sino porque le pertenecen. Y no olvidemos que esta disciplina paternal se dirige a todos y a cada uno de los creyentes: «todos han sido participantes» (v. 8).

¿Cuál es el motivo? El versículo 10 nos lo dice: «para nuestro provecho», y, «para que participemos de su santidad». No una santidad que tengamos que alcanzar, sino aquella que nos ha hecho participantes, y que nos llama a imitar en nuestra vida. No es la autosatisfacción del padre, si no el provecho del hijo.

Los padres que disciplinan a sus hijos "son respetados" por ellos. Dejar que los jovencitos hagan todo, les conducirá ciertamente a un estado de espíritu que no conviene hacia sus padres. La disciplina del «Padre de los espíritus» produce «sumisión, obediencia» (v. 9).

Nos conduce a decir como el Señor Jesús en Mateo 11:26: «Sí, Padre…», Como él mismo lo dirá en la hora la más difícil y dolorosa de su vida: «Padre mío, hágase tu voluntad.» Es la enseñanza de Romanos 12:2: «Para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta».  

Cuando el hijo de Dios está bajo la disciplina de su Padre, se le presentan varios peligros en forma de actitud: «menospreciar la disciplina del Señor» (v. 5). Despreciar la disciplina, es no ponerse en guardia, pensar que pasará pronto; también es acorazarse en contra de ella: el estoicismo (indiferencia); o bien, aceptarlo con una pasiva resignación: el fatalismo, en el bosque de los “porqué”.

Podemos también, como en Isaias 40:27, creer que, «mi causa pasó inadvertida para mi Dios.» (versión J.N.D. (fr)), pensar que el Señor nos olvida.

¿Que hacer? En primer lugar, hemos de rogar que el Señor nos libre de pensamientos desalentadores. Luego buscar en su Palabra el propósito de lo que vivimos, así como las promesas que nos hace para los tiempos difíciles. Si en cambio no queremos aceptar la prueba o disciplina de la mano de nuestro Padre, el resultado es la amargura.

Sea cual sea nuestra respuesta, la Palabra reconoce que la disciplina, en el presente, es, o por lo menos parece ser, un tema de tristeza. Más tarde, produce fruto apacible de justicia a los que son ejercidos por ella (Hebreos 12:11). Pero es importante "ser ejercitados", buscar y discernir lo que el Señor quiere decirnos por medio de esta prueba, ya que la disciplina no es un fin en sí mismo, lo que hay en nosotros que  quitar, lo que hay que abandonar y juzgar.

Lo que vivimos no es algo que no sea humano, junto con la tentación Dios nos dará también la salida, nos dice 1ª Corintios 10:13, porque Él es fiel. Pero quiere que tomemos en serio las cosas, las consideremos en Su presencia y en Su luz. Y aquí se pone de manifiesto otro peligro importante a la hora de interpretar la disciplina del Señor, que es, la falta de perspectiva y/o el cortoplazismo en el que estamos anclados y vivimos.

Vivimo bajo la tiranía de la cultura de lo inmediato e instantáneo y eso nos produce una verdadera angustia vital.

¿Cómo responden nuestros corazones al corazón del Padre quien nos aflige, en su deseo de vernos producir fruto? ¿Sabemos darle nuestro agradecimiento para el resultado que persigue?.

El fruto producido por la disciplina, es fruto apacible, nos permite ayudar a otros que pasan el mismo proceso «Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas» (Hebreos 12:12). Después de haber experimentado la fidelidad y el amor del Padre, procuremos acudir en ayuda de aquellos que podrían desanimarse, cuando en el curso de su vida han atravesado el sufrimiento: «que alentéis a los de poco ánimo» (1ª Tes. 5:14; 2ª Corintios 1:4).

3.- Castigar- El verbo pai deuo, en ciertos pasajes, tiene este significado entonces. Por ejemplo en 1ª Corintios 11:31-32: «Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo». En este caso, la disciplina reviste el carácter de castigo, porque hubo un mal, más o menos grave, que no se juzgó, sino que ha sido mantenido en la vida. Este castigo habría sido ahorrado si hubiéramos reconocido nuestra falta y hubiéramos juzgado las causas. Todavía el amor del Señor está porque castiga, a fin de que «no seamos condenados».

El pensamiento del juicio propio conduce a David a decir al final del Salmo 139: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad». Al comienzo del Salmo era: «me conoces» (v.2Corazon; la conclusión es: «Examíname»: acompañar la mirada divina hasta el fondo de nuestro corazón.

En Apocalipsis 3:19, como última exhortación a Laodicia, que se alejó tanto de él, el Señor aun le dice: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete».

Toda prueba no es un castigo. Las motivos disciplinarios de Dios se ejercitan en formación, en corrección, pero siempre con el propósito de producir el bien, y de hacer profundizar más la vida espiritual en sus hijos.

«Con el propósito de hacerte bien» El capítulo 8 de Deuteronomio, particularmente los versículos 2-6 y 14-17, ilustran, en la historia de Israel, todo el pensamiento gira en torno a la disciplina.

El apóstol Pablo declara que todas estas cosas han sido escritas para servirnos de advertencia a nosotros, lo dice (1ª Corintios 10:11), por tanto, es esa la actitud con la que hemos de acercarnos a la historia del pueblo de Israel, Es importante entonces considerarlas. Jehová ha dicho a su pueblo: «te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto». Hay etapas en la vida, como puede ser, un aniversario, finales de un año, días especiales dónde somos llamados a considerar el camino que hemos transitado. Dos tipos de experiencias pueden haber marcado el camino recorrido: Por una parte, pruebas «para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón». Por otra parte, todos los cuidados de la providencia divina: «te sustentó con maná, tu vestido nunca se envejeció sobre ti, ni el pie se te ha hinchado y te sacó agua de la roca del pedernal».

Esta disciplina paternal, asi como tiene el inconveniente de la prueba y/o aflicción, y los beneficios de su providencia, también tiene un fin muy preciso:

1. Evitar que tu corazón se enorgullezca (v. 14)

2. Evitar que te olvides de Jehová tu Dios (v. 14)

3. Evitar que digas en tu corazón: «Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza». (v. 17)

4. Otro motivo de la prueba está subrayado en el versículo 3: «te hizo tener hambre, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre». Tener hambre implica una insatisfacción, una necesidad, un descontento, que Dios permite con el fin de hacernos sentir que solo las cosas espirituales pueden apaciguar el «hambre».

La conclusión de todo el capítulo la encontramos en el versículo 16: «para la postre hacerte bien». La humillación, la prueba, el hambre, fueron los medios para conducir la obra maestra que Dios había emprendido en el corazón de Israel. El salmista podía decirlo: «Bueno me es haber sido humillado» (Salmo 119:71) «Dios es el que conduce todo a buen término, para mi» (Biblia J.N.D (Salmo 57:2). «Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados»

¿No es verdad que «todas las cosas trabajan juntas para el bien de aquellos que aman a Dios»?


Tags: Fruto, Carácter, Jesucristo, Disciplina

Publicado por carlosmartiroy @ 17:41  | Predicaciones
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