Viernes, 08 de mayo de 2009

Lucas 8:22-25

 

Un día, Jesús subió a una barca con sus discípulos y les dijo: "Vamos al otro lado del lago". Partieron, y mientras navegaban, Jesús se quedó dormido. De pronto se desató una tormenta sobre el lago, y el agua empezó a meterse en la barca. Los discípulos vieron el grave peligro que corrían, así que, a gritos, despertaron a Jesús:

    ¡Maestro, Maestro, nos hundimos!

 

    Jesús se levantó, y ordenó al viento y a las olas que se calmaran. Y así fue; todo quedó tranquilo. Luego les dijo a los discípulos:

 

   ¡Ustedes no confían en mí!

 

    Pero ellos estaban tan asustados y asombrados que se decían: "¿Quién es este hombre, que hasta el viento y las olas le obedecen?"

 

INTRODUCCIÓN

 

Todo comenzó con una crisis financiera en los Estados Unidos. Desde entonces estamos viviendo momentos muy difíciles desde un punto de vista económico y financiero, desde un punto de vista social con más de cuatro millones de parados y un millón aproximadamente de familias que todos sus miembros están en el desempleo, y un millón mas de personas que ya no tiene prestación alguna, como si esto fuera es poco, ahora nos despertamos con la llamada gripe porcina mexicana que tanto dolor de cabeza nos ha producido en estos últimos días, dioses como el de las riquezas y el materialismo, como el del trabajo y ahora la salud se quiebran ante nuestros propios ojos y nos sentimos más vulnerables y frágiles frente a la vida.

 

Es cierto, que mucha de la angustia que estamos viviendo se la debemos a unos medios de comunicación alarmistas que se han especializado en el drama y que cuanto peor es una noticia, mejor noticia es. Pero lo cierto, es que existe mucha incertidumbre e incluso miedo y me atrevería a decir, desesperación en nuestra sociedad, y que en alguna medida se filtra en la congregación, somos seres humanos al fin y al cabo y en muchas ocasiones sentimos y pensamos con ellos, y esto es un gran peligro. Nuestra forma de pensar y nuestro lenguaje es determinante en situaciones como las que estamos viviendo y no podemos ni debemos dejarnos llevar por el pesimismo ni ser presa del miedo, la angustia y la desesperación.

 

Si acudimos al texto elegido, nos describe una experiencia de los discípulos que bien podría ilustrar la situaciones difíciles que podemos encontrarnos en nuestra vida cotidiana.

 

Cristo entra en la barca y manda a sus discípulos cruzar al otro lado del lago de Genesaret, en la travesía se desencadena una gran tormenta debido al fuerte viento, cuando leo esta palabras, no dejo de preguntarme ¿Acaso era la primera tormenta que vivían los discípulos en el lago?, ¿No eran algunos de ellos pescadores?.

 

La Escritura no dice nada acerca de las maniobras que realizaron los pescadores para poner a salvo la embarcación, pero si describe el momento de dificultad, el agua empezó a meterse en la barca y los discípulos vieron peligrar sus vidas. En palabras coloquiales diríamos que se encontraban con el agua al cuello, aunque en este caso fuese literalmente así.

 

Lo que es un verdadero contraste es ver a los pescadores profesionales presa de la angustia y el miedo y a Jesús durmiendo placidamente. La situación era la misma para todos los que estaban en la barca, pero Jesús no tenían ninguna sensación de miedo o peligro, de hecho estaba durmiendo.

¡Que contraste! y ¡Que diferencia!

 

Frente a las situaciones difíciles ¿cual es nuestra respuesta?, ¿nos identificamos más con los discípulos o con Jesús? Sólo existen dos respuestas, el miedo que te conduce a la angustia y la desesperación o la fe que te lleva a la tranquilidad y la serenidad.

 

 

Fue cuando viendo el grave peligro que corrían comenzaron los discípulos  a gritar al Maestro para que se despertara e hiciera algo para sacarles de esa situación, pero me pregunto; Si aquellos pescadores acostumbrados a bregar con las aguas, no fueron capaces de poner a salvo la embarcación, ¿qué esperaban que hiciera Jesús?

 

En esa situación de desesperación y miedo, nuestra tendencia es ha vestir a Dios con nuestros harapos humanos; es decir, creemos que Dios piensa como nosotros y nos extrañamos de su forma de actuar.

 

La Biblia afirma que sus pensamientos no son nuestros pensamientos, ni nuestros caminos  sus caminos. Como son más altos los cielos que la tierra, así con mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos (Isaías 55:8-9)

 

¿Quién no ha escuchado hablar de Job? ¿De sus sufrimientos, tragedias y calamidades? ¿De su paciencia- resistencia y esperanza en el dolor? ¿De lo que sus amigos Elifaz, Bildad, Zofar y Eliú pensaban acerca de su enfermedad? ¿De las palabras de su esposa: Maldice a tu Dios y muere? ¿De sus palabras: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito?

 

 

 

El libro de Job es sin duda uno de los más atractivos del Antiguo Testamento. En él encontramos narraciones, diálogos, himnos, discursos, sentencias y procesos judiciales. En las primeras páginas del libro se presenta a un hombre justo, temeroso de Dios y apartado del mal. Le habían nacido- a su esposa y él- siete hijos y tres hijas. Eran dueños de siete mil ovejas y tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas y muchísimos criados. Repentinamente le sobrevinieron desgracias tras desgracias, hasta quedarse sin sus hijos, sin sus hijas, sin sus camellos, sin sus yuntas de bueyes, sin sus asnas, sin sus criados. Job se queja y grita desesperadamente queriendo lograr la intervención de su Dios. Se siente sólo y abandonado. Parece que su Dios se ha desentendido de él cuando más lo necesitaba. Su paciencia llega al límite cuando maldice el día en que nació.

 

El capítulo 38 presenta el primer discurso del Señor a Job desde la tormenta. Antes, Job había formulado una serie de interrogantes a su Dios desde sus propias calamidades. Ahora es Dios quien habla a Job desde la tormenta.

 

“Ahora parece y habla Dios del torbellino, porque Job, a quien habla, estaba en el torbellino de la calamidad que se ha dicho, y porque en los sucesos ásperos y tempestuosos acude siempre Dios a los suyos”.

 

“Entonces el Señor habló a Job desde la tormenta: ¿Quién es ese que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?¿Quién encerró con puertas el mar, cuando se derramaba saliéndose de su seno, cuando puse yo nubes por vestidura suya, y pos su faja oscuridad, y establecí sobre él mi decreto, le puse puertas y cerrojo, y dije: Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante y ahí parará el orgullo de tus olas? Job 38: 1- 11.

 

Dios se manifiesta desde la tormenta y responde a Job con una serie de interrogantes. Todas las preguntas que el Señor hace a Job desde la tormenta están orientadas a mostrar, por un lado la sabiduría ilimitada de Dios y su poder incomparable y, por otro, la miniatura del hombre terreno. A todas estas interrogantes de Dios, Job responde finalmente: “Me siento pequeño, ¿Qué te responderé? Me taparé la boca con la mano, he hablado una vez, y no insistiré; dos veces, y no añadiré nada”.

 

De la misma manera, aquella tormenta desatada en el lago, puso en evidencia lo débil, frágil y limitado de aquellos discípulos frente al poder ilimitado de Jesús.  Si las crisis sirven para algo es para esto; para experimentar el poder de Dios y para generar un mayor nivel de dependencia y confianza en él.

 


Tags: Crisis, angustia, miedo, tranquilidad, Dios, Jesucristo

Publicado por carlosmartiroy @ 22:39  | Predicaciones
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