S?bado, 17 de enero de 2009

"Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti." Marcos 5: 19.

 

CUENTAME

 

El hambre de curiosidad e interés por el como sucedieron los hechos históricos de la transición española, inspiran la serie de televisión conocidas por todos y de la que he aprovechado su titulo para este sermón.

 

La curiosidad y el interés siempre han sido elementos desencadenantes de historias que marcaron un antes y después en la vida de personas (véase el caso de Zaqueo)

 

Introducción

 

El caso del hombre a quien se hace referencia en nuestra historia, es verdaderamente extraordinario: ocupa un lugar entre los hechos memorables de la vida de Cristo, tal vez tan prominente como cualquier otra cosa que haya sido registrada por cualquiera de los evangelistas.

 

Este anónimo personaje, pobre desventurado, poseído por una legión de espíritus inmundos, había sido llevado a una condición peor que la locura. La escritura narra que tenía su morada en los sepulcros, donde permanecía de día y de noche, siendo el terror de todos los que pasaban por allí.

 

Las autoridades habían tratado de ponerle freno; le habían atado con grillos y cadenas, pero en sus intensos momentos de locura había destrozado las cadenas y desmenuzado los grillos. Habían intentado rehabilitarlo, pero nadie le podía dominar. Era peor que las bestias salvajes, pues ellas podían ser domadas; pero su fiera naturaleza no se sometía. Era una calamidad para consigo mismo, pues corría sobre los montes de día y de noche, dando voces y aullando pavorosamente, hiriéndose con piedras filosas y torturando su pobre cuerpo de la manera más terrible.

 

Su encuentro con Jesús marca una antes y después en su propia historia. Jesucristo pasó por allí. Él dijo a la legión: "Sal de este hombre." El hombre fue sanado al instante. Se arrodilló a los pies de Jesús. Se volvió un ser racional, un hombre inteligente, y lo que es más, un hombre convertido al Señor.

 

En señal de cierta  gratitud, admiración y/o devoción hacia  su liberador, le dijo: "Señor, yo te seguiré dondequiera que vayas; seré tu constante compañero y tu siervo; permite que lo sea.

 

Si nos causa cierta perplejidad la respuesta de aquel hombre, mayor es la que nos provoca la respuesta de Jesús, que se puede resumir en un No rotundo e innegociable.

 

Sin lugar a dudas, Jesús apreciaba en su justa medida aquella solicitud de entrega sincera,  Pero el le mostró otra manera de enfocar su admiración, gratitud y devoción, “vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti”.

 

 

En las palabras de Cristo, encontramos una primera y gran lección:

 

La verdadera religión no rompe los lazos de la relación familiar.

 

La verdadera religión raramente se inmiscuye o entremete en esa sagrada y casi diría divina institución, llamada hogar; no separa a los hombres de sus familias, enajenándolos de su carne y su sangre. Es la  superstición, o un misticismo mal enfocado, lo que ha hecho eso. Una terrible superstición, que no tiene ningún reparo, ni siente ningún pavor, en denominarse  a sí misma cristianismo, ha separado a los hombres de sus semejantes.

 

Pero la verdadera religión nunca ha pedido eso. Nunca a buscado separarnos y aislarnos del mundo como ermitaños o como monjes o monjas de monasterio y convento. (Juan 17:15)

 

Evitemos, sobre todas las cosas, esos conceptos románticos y absurdos de la virtud. Mantengamos siempre el afecto natural.

 

Este supone el discurso para este año. Vamos a casa para ver a los nuestros, y esta es la historia que algunos de nosotros tenemos que contar. " cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti."

 

Así pues, en este pasaje encontramos, a quien debemos decir,   que debemos decir;  por qué debemos decirlo; y después, en último lugar, cómo debemos decirlo.

 

Punto I.- A quien hemos de ir a contar nuestra historia. A los tuyos, a los nuestros, con quienes convivimos. Josué 24:15 “Yo y mi casa serviremos a Jehová”, es verdad, que en muchas ocasiones encontramos incomprensión en aquellos que nos rodean e incluso persecución y fuerte oposición, pues como diría Jesús “nuestros peores enemigos podemos encontrarlos en nuestras propias familias” y “no hay profeta sin honra, sino entre los suyos y en su propia tierra”.

 

 

Punto II.- Que debemos decir. Debe ser una historia basada en la propia experiencia. "Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti." No debemos ir a nuestros hogares y comenzar a predicar sin dilación. No se nos ordena que hagamos eso. No debemos comenzar a seleccionar temas doctrinales para exponerlos, esforzándose por convencer a las personas sobre sus puntos de vista y sentimientos peculiares. No debemos ir a casa con diversas doctrinas aprendidas recientemente, para tratar de enseñarlas y polemizar al respecto.

 

Hemos de contar las grandes cosas que el Señor ha hecho por y en nosotros; no únicamente los que han visto que se ha obrado en la gran congregación, y cómo grandes pecadores se han vuelto a Dios, sino lo que el Señor ha hecho por nosotros. Y observemos esto: Nunca hay una historia más interesante que aquella que un hombre relata acerca de sí mismo. Siempre se genera un gran interés por una narrativa personal. Si queremos interesar a nuestros amigos, hemos de contarles lo que hemos vivido y experimentado.

 

Debe ser una historia de gracia inmerecida. No dice: "cuenta a los tuyos cuán grandes cosas has hecho tú mismo," sino "cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo." El hombre que siempre está convencido del poder de la criatura, y niega las doctrinas de la gracia, invariablemente mezcla mucho de lo que él mismo ha hecho, cuando cuenta su experiencia; pero el creyente en la gracia soberana, que sostiene las grandiosas verdades cardinales del Evangelio, ignora esto, y declara: "contaré lo que el Señor ha hecho conmigo.

 

No cuenta nada acerca de sus propias acciones, o decisiones, u oraciones o búsquedas, sino que todo lo atribuye al amor y a la gracia del grandioso Dios que mira con amor a los pecadores, y los convierte en Sus hijos y herederos de la vida eterna. Vete a tu casa, joven, y cuenta la historia del pobre pecador; vete a tu casa, jovencita, y abre tu diario, y cuenta a tus amigos historias de gracia. Cuéntales las poderosas obras que la mano de Dios ha obrado en ti por Su amor inmerecido, soberano y gratuito. Cuenta una historia de gracia inmerecida.

 

El relato de este pobre hombre fue una historia agradecida. Yo sé que fue una historia agradecida, porque el hombre dijo: "les contaré cuán grandes cosas el Señor ha hecho conmigo;" y (sin querer involucrar para nada ningún juego de palabras), hago la observación que un hombre que es agradecido está siempre lleno de la grandeza de la misericordia que Dios le ha mostrado; siempre piensa que lo que Dios ha hecho por él es inmensamente bueno y supremamente grandioso.

 

Cuéntales que es una historia grandiosa, y si ellos no pueden ver su grandeza, derrama lágrimas amargas, y cuéntales la historia con gran sinceridad, y yo espero que sean conducidos a creer que al menos tú estás agradecido, aunque ellos no lo estén. Que Dios les conceda que puedan contar una historia agradecida.

 

Y finalmente, sobre este punto: debe ser una historia contada por un pobre pecador convencido que no ha merecido lo que recibió. "Cómo ha tenido misericordia de ti." No fue un simple acto de bondad, sino un acto de misericordia inmerecida hacia uno que se encontraba en la aflicción. Todos seguramente hemos oído  a hombres contar la historia de su conversión y de su vida espiritual de tal forma, que en nuestro corazón se ha producido un rechazo, tanto a ellos como a su historia, pues han contado sus pecados como si verdaderamente se jactaran de la grandeza de su crimen, y han mencionado el amor de Dios sin una lágrima de gratitud, sin la simple acción de gracias de un corazón realmente humilde, sino, más bien, como si se exaltasen a ellos mismos, cuando exaltaban a Dios. Cuando contemos la historia de nuestra propia conversión, deberíamos hacerlo con profunda tristeza, al recordar lo que solíamos ser, y con grande gozo y gratitud, al recordar cuán poco merecemos estas cosas, y Dios en su amor incondicional y misericordia lo ha hecho posible.

 

Punto III.- Por qué debemos contar esta historia. 

 

En primer lugar, debemos hacerlo en obediencia al mandato del Señor, obediencia que se inspira en nuestro amor y gratitud a él, y luego por ellos (dotarles de alegría, esperanza y fe). Romanos10:11-14 (Como creerán sino hay quien les predique), Por su salvación.......

 

Punto IV.- Cómo debe contarse esta historia

 

Cuéntala sinceramente. No digan más de lo que sepan; no cuenten la experiencia de otro, por majestuosa e impactante que sea, cuando deben contar la propia. No digan a su madre que han sentido algo que nadie ha sentido antes. Solamente cuenten la verdad. Cuenta tu experiencia sinceramente; pues tal vez una sola mosca en el frasco de ungüento lo echará a perder, y una expresión que no sea verdadera puede arruinarlo todo.  

 

Cuéntala muy humildemente. Ya lo he dicho antes. No te entrometas con quienes son mayores y saben más; sino que cuenta tu historia humildemente; no como un predicador, no ex cathedra, (desde la cátedra), sino como un amigo y un hijo.

 

Cuéntala seriamente. Que vean que lo decimos en serio. No hablemos de religión con locuacidad; no haremos ningún bien si lo hacemos así. No hagamos juegos de palabras sobre los textos; no citemos la Escritura de manera jocosa. Cuéntenla seriamente.

 

Y, siempre antes que nada, habla con Dios al respecto, cuéntala muy devotamente. No trates de contar la historia a ningún hombre mientras no la hayas contado a Dios primero.

 

CONCLUSIÓN

 

En este año, hemos de ser capaces de despertar curiosidad e interés en nuestro entorno más inmediato, respecto a nuestra fe en Dios, y desde ahí contarles a los nuestros cuán grandes cosas ha hecho el Señor en nosotros y como ha tenido misericordia de nuestras vidas. Nuestro objetivo para este año debe ser nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros / as de trabajo o instituto, igual que nosotros, ellos también lo necesitan.


Tags: cambio, transformación, testimonio, Dios, Jesucristo, familia

Publicado por carlosmartiroy @ 13:49  | Predicaciones
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