S?bado, 13 de septiembre de 2008


Cuando le pregunté a una amiga cómo le estaba yendo cuatro años después de la súbita muerte de su esposo, ella me contestó: «Siento que estoy sanando. Las lágrimas tienden ahora a quedarse en mis ojos más que a rodar por mi rostro. Para mí, esa es una prueba de sanidad».

Cuán apropiadas son esas palabras para describir los cambios que se dan a medida que pasan los años para los dolientes que han soportado una pérdida inesperada.

Las Escrituras nos prometen consuelo en nuestro sufrimiento (2 Corintios 1:3-7), pero esa ayuda no viene toda de inmediato. De hecho, por lo que he oído, puede que nuestra sanidad deseada no llegue de manera completa en esta vida. Esto es lo que me dicen otros que han avanzado más en el camino del dolor que nuestra familia, seis años después de haber perdido a nuestra hija adolescente Melissa. En medio de nuestro dolor, encomendamos nuestras vidas a la dirección soberana de Dios, pero también nos damos cuenta que la lacerante tristeza siempre morará en nuestros corazones.

En efecto, Dios ha prometido que enjugará toda lágrima en el cielo (Apocalipsis 7:17), pero, hasta entonces, la sanidad será incompleta. El sufrimiento amaina pero no se disipa. El salmista dijo que. mientras la Palabra de Dios da vida, todavía está la combinación del «consuelo en mi aflicción» (Salmo 119:50). Incluso en las circunstancias más duras de la vida, podemos, con la ayuda de Dios, disfrutar de una medida de sanidad. -JDB

¡El Dios que lavó nuestros pecados también enjugará nuestras lágrimas!

Tags: iglesia evangélica, madrid, Dios, esperanza

Publicado por marioescobargolderos @ 12:05  | Estudios
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