S?bado, 23 de agosto de 2008


“En muchas organizaciones, introducir cambios se asemeja a intentar poner lápiz de labios sobre el hocico de un perro Pitbull. En la tarea hay mucho esfuerzo involucrado y en la mayoría de las veces, sólo se consigue manchas de cosméticos en los dedos y en la cara de un perro enfurecido." Así describe a los cambios Dave Murphy, deL San Francisco Chronicle.

Los cambios verdaderos, sea en los negocios, iglesia, familia o en nosotros mismos, pueden ser difíciles de asumir y fácilmente eludibles. Mientras anhelamos ardientemente una profunda transformación en nuestras vidas, a menudo obtenemos tan sólo Resultados externos que no resuelven nada y que no satisfacen a nadie.

A menudo la gente se encuentra cómoda con su estilo de vida o con el rol que desempeña en determinada organización. Cuando advierte eventuales cambios, hay incomodidad y temor a lo desconocido. algunos rechazan como mala cualquier posibilidad de cambio, como un mecanismo de defensa del "status quo". Se prefiere la seguridad de lo familiar y lo conocido.

En la Biblia, se utiliza la palabra arrepentimiento para describir el comienzo de un genuino cambio espiritual. El experto en lenguaje inglés W.E.Vine dice que arrepentirse significa un "cambio en la mente o propósito de una determinada persona". En el Nuevo Testamento, siempre involucra un cambio hacia lo bueno, mientras una persona abandona el pecado para buscar a Dios. Jesús mismo empezó Su Ministerio público con este llamado: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado." (Mateo 4:17)

En el Capítulo 26 del Libro de los Hechos de los Apóstoles, se reseña la valiente defensa que hace el Apóstol Pablo del Camino de Salvación a través de la fe en Cristo Jesús. Pablo, que se encontraba privado de su libertad, expuso su defensa ante el Rey Agripa, el Gobernador Festo y autoridades locales, haciendo una reseña breve de su vida desde su juventud, destacando su condición de Fariseo (Doctor o Maestro de la Ley).

Pablo hace conocer al Rey Agripa y a Festo, gobernador de Jerusalén, que él mismo había sido opositor del Mesías y sus simpatizantes, que había llenado cárceles con muchos seguidores de Jesús, a quienes persiguió y forzó a renegar de la fe. Pablo llegó más lejos, dio su voto de consentimiento para que fuesen asesinados (v.9-11).

Pablo señaló un evento único que marcó su vida para siempre. Su dramático e impactante encuentro con Jesús y aquella pregunta confrontadora: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (v.4). Tras ese encuentro con Jesús, se produce un cambio sustancial en la vida de Pablo. Pasa de fiscal y verdugo de los cristianos a ser un intrépido y valeroso testigo de Jesucristo. Ante el peso del llamado, Pablo no tuvo temor a hacer el ridículo de abrazar la fe que furiosamente reprimió.


Asumir cambios no es fácil. Tampoco lo fue para Pablo. Siempre será más cómodo y seguro apoltronarnos en la comodidad que gozamos y las ventajas que tenemos. Pablo fue un claro ejemplo de ello. En el Capítulo 3 del libro de Filipenses, el autor señala que tenía muchas cosas que apreciaba y que constituían un atesorado patrimonio: circuncidado, israelita de la tribu de Benjamín, hebreo, fariseo e irreprensible en cuanto a la observancia de la ley. No obstante, Pablo consideró todo aquello como un pesado lastre y lo cambió por algo de mayor valía: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (v.7-8).
Pablo continuó valientemente con su comisión de predicar a los gentiles acerca de Jesucristo. Tras su convincente discurso, apremió a los dos líderes a una decisión. Cuando Festo y Agripa fueron confrontados por Pablo para que creyesen en el Evangelio de Salvación, ambos reaccionaron de peculiar manera ante la posibilidad de un cambio.


Preste mucha atención. Festo tomó la actitud irónica de la burla: "Estás loco, Pablo, las muchas letras te vuelven loco" (v.24).
Cuando somos confrontados por alguien a un cambio radical en nuestras vidas,muchos tomamos una actitud defensiva, parecida a la de Festo. Muchos discípulos y predicadores son tenidos en poco y su mensaje menospreciado. Son llamados soñadores o fanáticos por defender una fe que transforma vidas. Otros se esconden tras la máscara del virtuosismo: no fumo, no bebo, no hago esto o aquello, no soy como fulano de tal.


El Rey Agripa, por su parte, expresó a Pablo: "Por poco me persuades a ser cristiano" (v.28). Agripa era un rey y por tanto, rodeado de muchas comodidades, influencias y poder. Sus palabras son decidoras. Su entendimiento y su juicio estaban convencidos de la verdad, pero su orgullo extinguió la insipiente luz que el Espíritu Santo encendió en su corazón. Agripa fue persuadido de la veracidad y contundencia de las palabras de Pablo, pero a la hora de pesar los costos, privilegió sus prebendas. ¡Que desventurado el hombre que llega a reconocer que está perdido y no es capaz de hacer algo para evitarlo!


Cuántos hombres y mujeres tienen la convicción de que solo Jesús puede darles libertad y una vida nueva, pero el temor a los cambios, el temor a perder los amigos, el temor al rechazo, los alejan de Dios. Es como estar infectado de la rabia, tener la vacuna salvadora sobre el velador y decidir no inyectarse la medicina.
Quizás usted, amable lector, es ya un hijo(a) de Dios y se encuentra enfrentado a la posibilidad de cambios. Acaso ya está sometido a uno por voluntad del Señor. Un cambio de lugar de residencia, un nuevo trabajo, la pérdida de un empleo, la quiebra de un negocio, la aparición de una enfermedad grave, la pérdida de un ser querido, un divorcio, el alejamiento del hogar de su cónyuge. Estas y otras circunstancias introducen cambios forzosos en nuestras vidas. A veces muchos de ellos aparecen intempestivamente y nos dejan sin reacción.


Aunque un cambio pueda parecer traumático, es bastante probable que sea la forma que ha escogido Dios para trabajar en su vida para bien. Es casi una reacción normal resistirlos, sea por medio de una abierta rebeldía, de la queja y hasta la autocompasión. Cualesquiera sea la circunstancia si los cambios ya han hecho sentir su presencia en su vida, es tiempo de iniciar de ajustes con una adecuada actitud y aceptación de la Voluntad de Dios, buena y perfecta.


Cuando me convertí al Señor en Mayo del 1984, recuerdo que le dije en oración: “Señor, he sido el capitán de mi barca todos estos años y mi embarcación está a punto de zozobrar. Toma tú el control y hazme navegar hasta puerto seguro. Te nombro el capitán de mi embarcación”.
Creo que la aplicación de esta sencilla receta puede ayudarnos a enfrentar los cambios que la vida nos pone por delante. Aunque no siempre logremos entender los propósitos de Dios, nos alentará tener presente estas palabras: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” ( Jeremías 29:11).


Tengamos en mente que somos ovejas del Señor y que nuestro pastor sabe siempre lo que es mejor para nosotros. No resistamos más. Todo cambio cuyo gestor sea Dios, no tiene otro fin sino el afirmarnos, fortalecernos y establecernos en su senda de justicia. No tengamos más temor y entréguele el control de su nave al capitán que jamás perdió una embarcación.

 

Por: Nicolás Díaz Allauca


Tags: iglesia evangelica, madrid, españa, asambleas dios

Publicado por marioescobargolderos @ 14:59  | Estudios
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios