
El error es algo negativo y lo contrario a lo que todos de forma obsesiva buscamos, el acierto.
El error forma parte de nuestra naturaleza humana, de ahí el dicho popular “Errar es de humanos”, y en consecuencia, es inevitable. ¿Quién no se ha equivocado alguna vez en su vida?, ¿Quién no ha cometido algún error?
A pesar de formar parte de la vida de todos los seres humanos, sin embargo, es ignorado por algunos llegando incluso a menospreciarlo, encubierto por otros, y magnificado por un gran número de personas, de tal manera, que supone un punto y final a muchas cosas, todo ello, sin darnos ninguna opción y/u oportunidad.
La Biblia habla de la dificultad que tenemos para abordar nuestros propios errores, la falta de análisis, de reconocimiento, de interés o los sentimientos de frustración que despierta en nosotros, hace que sea una labor difícil, el rey David, así lo recoge en forma de interrogante en el Salmo 19:12 (Reina-Valera 1995) ¿Quién puede discernir sus propios errores?.
En la segunda parte de esta declaración, el salmista pide a Dios de la inconsciencia y de la ignorancia al cometer errores, no midiendo las consecuencias que estos traen a nuestra vida. Líbrame de los que me son ocultos.
Es obvio, que estas y otras razones muestran la extraordinaria importancia que tiene para nuestra vida desarrollar un pensamiento que nos enseñe a cómo afrontar nuestros propios errores, sin la necesidad y necedad de tener que conformarnos comparándolos con los de los demás. Libres de las emociones y sentimientos que nos puedan producir su descubrimiento, elevar el discurso al nivel del pensamiento para realizar un esfuerzo intelectual y analizar cuál fue la causa que nos llevó al error, tratando de corregir, enmendar o mejorar, es lo que se entiende cuando afirmamos “de los errores se aprende”. Por tanto, el error bien gestionado puede convertirse en un aliado para tu crecimiento y madurez personal, relacional y profesional.
Juan 21:1-19
Contexto en el que se desarrolla la experiencia vivida por los seguidores de Jesús.
Nos encontramos ante un episodio en la vida de los discípulos de Jesús, que podríamos calificar de oscuridad, de severa decepción y de claro retroceso en lo relativo al camino que emprendieron al decidir, de manera personal y voluntaria, a Jesús como discípulos suyos.
Uno lo había vendido, otro le había negado y todos le habían abandonado, escandalizándose de él. ¡Imaginas su estado!, al parecer y como única vía de escape para ellos en ese momento, solo les quedaba retornar a lo que era su día a día antes de conocer a Jesús, volver a pescar que entonces era su actividad principal, volver a sus viejos hábitos y a su pasada manera de vivir, su error supuso en cierto modo un punto y final a su relación personal con Cristo y pudo tener unas consecuencias impredecibles para el cristianismo.
Sin embargo, Dios hace nuevas todas las cosas cada día y eso le constituye en un ser extraordinario que no se cansa de hacer misericordia y conceder segundas oportunidades, aún en situaciones cuando hemos dejado de creer en nosotros mismos y pensar que todo se ha acabado. Es en este momento, donde vamos a ser testigos del resurgir de los discípulos y del cristianismo en su historia con la resurrección y aparición de Cristo a sus seguidores que habían abandonado.
La Biblia habla acerca de Jesús y declara “La caña cascada no quebrará y el pábilo que humea no apagará hasta que haga triunfar el juicio. En su nombre esperarán los gentiles” (Mateo 12:20-21)
Es evidente el compromiso de Jesús con los débiles y desamparados, con aquellas personas que sea por la intervención de otros o por el daño producido por sus propios errores se identifican con la figura de la “caña quebrada” o el “pábilo que humea”. Estas figuras muestran claramente como se encuentran hoy muchas personas y como se encontraban entonces los discípulos después de la muerte de Jesús.
El encuentro de Jesús con ellos fue inesperado y el punto de partida fue el mismo que el día de su primer encuentro (Lucas 5:1-11). El lugar que fue testigo de ambos encuentros, el Mar de Galilea, también conocido como mar de Tiberias o lago de Genesaret. El resultado de toda una noche de pesca, el mismo, nada después de toda una noche de trabajo, el mismo milagro fruto de la confianza en la palabra de Jesús, que se expresa en la obediencia a la misma. Miedo fruto de lo acontecido, miedo paralizante que les deja perplejos y sin palabras. La misma experiencia, las mismas sensaciones, el mismo milagro, las mismas personas y un mismo mensaje; SEGUIDME.
Los interrogantes en la mente de los discípulos podrían ser ¿Después de lo vivido?; ¿Después de haberte negado, traicionado, abandonado?, ¿Después de haberme equivocado?, ¿Después de los errores cometidos? ¿Es posible una segunda oportunidad?, ¿es posible volver a empezar como si no hubiera ocurrido nada?, ¿Sin reproches?, ¿sin culpa?, ¿sin remordimiento?
Jesús se apareció a sus discípulos y los restauró, como ejemplo de ello, tenemos el caso de Pedro, quien después de haberle negado públicamente tres veces, (Juan 18:17, 25,27), Jesús le afirmó otras tres veces, encargándole el cuidado pastoral en la iglesia naciente. Fue necesario el quebranto, el arrepentimiento, el dolor y la confesión para su restauración. Imagino las veces que le vino a la mente las palabras de Jesús (Lucas 22:31-32).
No fue así la respuesta de Judas a su error, el remordimiento le condujo al suicidio.
Lo único que puede ser determinante en nuestra vida no es el error, sino persistir en el, nuestra respuesta es lo realmente determinante.
Al igual que el Salmista queremos concluir con la oración “Líbrame de los que me son ocultos.” Dios puede ayudarnos a corregir nuestros errores, quiere darnos esa segunda oportunidad que necesitamos.
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