martes, 29 de julio de 2008

 

 

Marcos 5:36  “No temas, cree solamente.”

 

Tal y como recoge el Evangelio, éstas fueron las palabras de Jesús  a Jairo, uno de los principales de la sinagoga, que había acudido a Jesús para que pudiera sanar a su hija, la cual en ese momento, estaba agonizando. En el camino, Jesús se ve atrapado por mucha gente y entre la multitud, una mujer con una enfermedad, de flujo de sangre desahuciada por los médicos, se acercó a Jesús para tocar el bode de su manto, ya que ella pensaba que tocando tan solamente el borde de su manto sería sana. Dos historias paralelas llenas de desesperación, dos momentos que podríamos denominar de crisis, para esos momentos un mensaje “No temas, cree solamente.” ¿Creéis que es suficiente para un padre, al cual, le acababan de comunicar que su hija había fallecido?.

 

Este pasaje recoge momentos de crisis. Todas las crisis tienen dos elementos: peligro o amenaza y oportunidad. Con independencia de la peligrosidad de la situación, en el corazón de cada crisis se esconde una gran oportunidad. Abundantes beneficios esperan a quienes descubren el secreto de encontrar la oportunidad en la crisis.  “Antiguo proverbio chino”.

 

La palabra crisis, en la caligrafía china, se escribe uniendo los símbolos de peligro y oportunidad. Esta expresión capta la esencia de nuestra incierta vida normal, porque esta tiene también dos facetas, aparte del obvio riesgo a la integridad física, el peligro es que a consecuencia del desasosiego y la vulnerabilidad que sentimos, nos paralicemos, nos estanquemos y nos aislemos. Al mismo tiempo, esta situación de inseguridad nos ofrece la oportunidad de crecer emocionalmente, potenciar nuestra solidaridad y fortalecer nuestra determinación por resolver los conflictos que causan la inestabilidad en el mundo. (Luis Rojas Marcos: Nuestra incierta vida normal).

 

Vivimos momentos difíciles, momentos llenos de tensiones e incertidumbre que nos acosa y que somos incapaces de controlar. En medio de esta situación, Jesús contrapone dos caminos, el del miedo que nos paraliza y no aísla, o el de la fe que nos guía a una confianza y seguridad en Cristo, a una paz que sobrepasa nuestro entendimiento.

 

¿Quién no tiene miedo?

 

Todos sentimos miedo en nuestra vida. Gracias a él hemos llegado a sobrevivir. Éste es el miedo que llamamos equilibrante porque está asociado a la prudencia, nos permite reconocer aquellas situaciones que pondrían en peligro nuestra propia integridad. Este miedo evita por ejemplo que digamos a un superior lo que realmente pensamos de él, o que nos quedemos en cama varios días cuando nuestra obligación es ir a trabajar.

 

Pero, ¿qué pasa cuando el miedo equilibrante se alarga en el tiempo y sin justificación aparente?: entonces se convierte en un miedo tóxico, que puede dañar nuestra salud y bienestar.

 

¿Qué es el miedo?

 

El miedo es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano.

 

Los griegos lo explicaban muy bien a través de la mitología: Venus, diosa del amor, mantuvo un romance con Marte, dios de la guerra. De él nacieron cinco hijos: Cupido (dios del amor erótico), Anteros (dios del amor correspondido), Cocordia (diosa del equilibrio y la belleza), Fobos (la fobia) y Deimos (el miedo). Como vemos, el miedo por tanto procede de la unión del amor y la guerra.

 

¿Esto qué quiere decir?. Que en la medida en que nosotros queramos o amemos algo temeremos perderlo.

 

Es muy fácil también apreciarlo en el famoso cuento Juan sin miedo: Juan era un chico que no conocía el miedo. Pasa mil aventuras y peripecias pero no consigue saber qué es sentir miedo. Solamente al final del cuento, cuando se casa con la princesa y todo funciona perfectamente es cuando siente temor por primera vez. Hasta ese momento Juan no tenía nada y por tanto no tenía por qué temer. Sin embargo, cuando nace su amor por la princesa, con él nace también el miedo a perderla.

 

La Biblia hace mención al miedo en su primer libro. En concreto, el miedo se convierte en atributo humano por causa del pecado.

 

“Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. (Génesis, 3,9)

 

Existen diferentes miedos, como por ejemplo el miedo a la muerte, a la enfermedad, a lo desconocido, el miedo al rechazo, miedo al fracaso, miedo a la pérdida de poder, miedo a no llegar a fin de mes y miedo al cambio.

 

Cualquiera de ellos tiene la capacidad de paralizarnos y únicamente nosotros podemos lograr conquistarlo.

 

¿Cómo podemos conquistar el miedo?

 

Existen varios pasos para conseguir que el miedo no nos paralice:

 

1. Aceptar que tenemos miedo. Sabemos que todos lo padecemos y no es un síntoma de debilidad reconocerlo.

 

2. Identificar cuál es nuestro miedo. A veces no es fácil reconocerlo. En ese caso lo mejor es centrarnos en la otra cara de la moneda: ¿cuál es nuestra motivación?: ¿estar integrados en el grupo? ¿ganar mucho dinero? ¿alcanzar unos objetivos?. En función lo que nos motive tendremos miedo a perderlo. Por ejemplo, si nos encanta formar parte de un grupo homogéneo de personas, probablemente nuestro mayor miedo será al rechazo.

 

3. Mirar al miedo a la cara y hacerlo concreto. Nuestro peor enemigo siempre es nuestra propia cabeza. Nosotros somos capaces de imaginar cosas mucho peores que la realidad. Por eso son tan peligrosos los miedos ambiguos. Cuando un jefe te dice: "haz esto o atente a las consecuencias", probablemente pensemos en unas consecuencias mucho más dramáticas que las que luego realmente sucederán.

 

Por tanto, lo mejor es que ante una amenaza pongamos sobre el papel las posibles consecuencias. Por ejemplo, si me quedo sin trabajo, ¿cuántos meses de paro me corresponden? ¿tengo dinero ahorrado? ¿tengo contactos? ¿cuál es mi empleabilidad?, etc. En definitiva, para superar los miedos lo mejor es centrarnos en nuestra motivación trascendente, aquella que nos empuja a seguir adelante a pesar de los riesgos.

 

Víctor Frankl fue un psiquiatra judío que pasó la segunda guerra mundial en varios campos de exterminio, entre ellos Auswitz. Según él, no se salvaron de aquel infierno los más fuertes, ni los más cultos, ni los mejor preparados, sino aquellos que tenían una motivación más allá de su propia vida: "cuando salga escribiré un libro", "cuando salga veré a mis hijos", "cuando salga contaré esto al mundo".

 

Como decía Nelson Mandela: "No es valiente quien no tiene miedo, sino quien sabe conquistarlo"

 

En contraposición al miedo paralizante encontramos la fe; ¿Qué es pues la fe?

Hebreos 11:1 la define como “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.  Certeza y Convicción,  su conjugación  definen la fe.

 

La fe en Jesucristo es suficiente para los momentos de crisis, La garantía de nuestra fe se encuentra en sus promesas. Volviendo a la historia del evangelio, vemos como la fe de Jairo a pesar de las circunstancias adversas y desalentadoras se mantuvo y al final su hija fue resucitada por Cristo. A mayor dificultad, mayor es el milagro que hemos de esperar en Cristo, pues como declara la Escritura “Al que cree todo le es posible”  (Marcos 9:23). Recuerda, si puedes creer, Al que cree todo le es posible.

 

 


Tags: Creer, Jesucristo, miedo, crisis

Publicado por carlosmartiroy @ 22:41  | Predicaciones
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Comentarios
"...La Fe no es Fe hasta que sea lo único que tienes para agarrarte". Esa frase y un folio con Mc 5:35,36 están clavados en la pared de mi habitación hace casi 3 años...
Publicado por Alejandro.
lunes, 04 de agosto de 2008 | 19:38